La ruta de la sal’, Malena Salazar Maciá

Ilustraciones © 2020 Jason Baltazar



 [ en grilletes, ©2020 Jason Baltazar ] Existía algo magnético en sus ojos oscuros.

En el reflejo tornasol de su cabello negro y caprichoso, como una tormenta en altamar.

En sus manos de dedos ágiles como patas de araña, afanadas en redes argénteas.

En su tez de luna besada por el sol y las estrellas.

Ligeia era una belleza extraña.

Sin embargo, la muchacha, de todos los atributos con los que era comparada las contadas ocasiones en que ocurría el contacto con otros seres humanos, nunca supo qué era el mar. Desde su nacimiento, su abuelo la ocultaba en un bosque tan impenetrable como una selva y tan intrascendente que nadie se había preocupado en nombrarlo o señalarlo en los mapas. Ligeia preguntaba por el mentado océano. Su abuelo siempre le respondía, sin ánimos de apagar su curiosidad:

—Es agua. Nada más.

Para alejarse del alcance de las súplicas, el hombre se colgaba la escopeta al hombro y abandonaba la casa con la excusa del hambre que obligaba a proveer alimento. O el sentimiento feroz que lo impulsaba a espantar a los pretendientes que osaban acercarse a contemplar a su nieta. A la doncella escondida en el bosque. Ligeia, con una cadena atada al tobillo, se quedaba entre bordados, pieles, trinos de pájaros y macetas con flores deslucidas en las ventanas. Sola, con sus pensamientos intrincados, fabulaciones de un posible mar. La única fuente de agua conocida era el lago que se expandía al lado de la cabaña y solo era capaz de llegar a él durante su aseo diario, cuando su abuelo empuñaba los grilletes. Los límites del embalse bien pobres le parecían a Ligeia y, el dulzor del líquido, insustancial para calmar la sed de su piel.

Su abuelo siempre olió extraño. No a bosque, ni a tierra, ni a lluvia, ni a animal salvaje. Muchos menos, a agua de lago. Cuando él regresaba de la cacería con ristras de carne colgadas a la espalda y el cuchillo manchado de pegote rojo, el hedor se volvía insoportable. Ella preguntaba acerca de lo que era incapaz de identificar.

—Es sangre —respondía el abuelo—. Nada más.

Y se iba a la laguna a lavar las piezas, a sí mismo, a frotarse el cuerpo con trapos hasta que el olor se difuminaba en vejez rancia. Mientras asaba la carne al fuego, hablaba del sueño de un ciclo roto, del dolor de la lejanía, tentaciones perversas. De lo cansado que estaba para cumplir voluntades propias y ajenas.

El día que su abuelo enfermó, Ligeia no estaba atada con la cadena. Llevó a su lecho una ramita de enebro. Una corona de flores silvestres. Un manojo de junquillos. No huyó, no gritó por ayuda a los árboles. Tomó la mano marchita del hombre e inició la vigilia. Una noche, lejos de las garras del delirio que acompañaba a la fiebre en su cabalgadura, el abuelo agarró las ropas de su nieta y la acercó a sus labios.

—Guárdate de quien hieda a sal y iodo. No bebas de la espuma en la orilla. No permitas que mancille tu cuerpo la mano áspera. ¡No te entregues al canto que devora la razón! ¡Rompe el ciclo!

Ligeia, asustada, sostuvo el rostro de su abuelo agrietado de enfermedad. La saliva en su boca era negra como las profundidades de un pozo. Apestaba. No a criatura moribunda, sino a lo indescifrable. El olor se clavó en Ligeia como una impronta y la extasió en un limbo que rechazaba el toque de la muerte.

La realidad regresó a ella con el silencio de las desgracias, en el instante en que el hombre perdió el brillo de la existencia en los ojos.

La muchacha le bajó los párpados. Lloró con amargura hasta que la llama de la vela se extinguió y el sol se esbozó entre la espesura. Lo enterró entre el lago y la cabaña, coronado con las flores silvestres, entre sus dedos, la rama de enebro. Roció la tierra con agua, sangre y lágrimas. Erigió un dolmen con piedras del sendero y, no quedándole atadura alguna al terruño que la vio crecer, libre, como podría serlo a sus quince años, Ligeia hizo su camino a través del bosque.

En el pueblo fue impactada por el desarrollo del mundo, que no se detuvo a merced de su aislamiento. Tan diferente a la simpleza de su vida enclaustrada. Vio personas hablar a través de dispositivos de cristal. En aparadores, hombres y mujeres atrapados en cajas, condenados a entretener a las multitudes que los aclamaban con histerismo. Casas que ofertaban exceso de comida para satisfacer la gula de transeúntes más preocupados en mirar a sus zapatos que al cielo. Bestias de metal colorido con los estómagos llenos de humanos que competían para llegar a sus destinos sobre veloces patas redondas.

Ligeia, privada de toda comprensión a causa del aislamiento, de las mentiras disfrazadas de gentileza, se sintió abrumada y buscó consuelo a la sombra de los árboles, lo único conocido en medio de un mundo nuevo y caótico.

Los poetas dirían que el motivo del acercamiento fue su cabecita apoyada con donosura belleza sobre las rodillas. Los trovadores culparían el sentimiento provocado de ver a una criatura inocente y desvalida bajo un árbol en flor. Los escritores, que los ojos oscuros como escarabajos que asomaban entre los brazos poseían atracción mesmérica.

La verdad la supo Ligeia tiempo después, cuando pisó por última vez la grava amarilla. Era tan simple que, de comprenderla en ese instante, habría dejado escapar las más sonoras carcajadas hasta quedarse sin aliento.

El hombre estaba junto a ella observándola con la curiosidad innata de los niños pequeños que aún no se abren a la crueldad del universo. Sin pedir permiso la alzó en brazos, como suelen levantarse los objetos santos y la raptó sin palabras, porque no eran necesarias. Bastaba el sudor que empapaba la camisa de lino e inundaba la nariz y la mente de Ligeia. Sudor de abuelo. Indescifrable. Reencarnación brutal de olores.

El hombre la llevó a una ciudad de cristal donde no se veía el cielo, tachonado con hormigón y concreto. Le dijo su nombre y le regaló su apellido. La desposó en un altar de flores blancas con la bendición de un sacerdote de creencias monoteístas. Juró amarla hasta que sus carnes se desgastasen, idolatrar sus ojos oscuros, sus cabellos tempestuosos, beber de la fuente vital que se escondía en su interior, erigir un templo a las curvas de su cuerpo. Prometió hacerla la mujer más feliz sobre la tierra.

—¿Y sobre el mar? —preguntó Ligeia—. ¿Seré feliz también sobre el mar?

—Es agua —respondió su marido—. Nada más.

Y fue lo único que obtuvo de él. Las ofrendas no llegaron. El hombre tocó otros cuerpos, adoró otros ojos, cabellos, curvas. A Ligeia la mantuvo dentro de su embalaje original, pieza de colección condenada a estar en un aparador para admiración propia y ajena. Forzada a no sentir el contacto más allá de un beso casto, saludos y despedidas. Por más que a ella le brotase ardor en el vientre, suplicase una caricia, que cumpliera con los deberes perjurados, él respondía:

—Debemos romper el ciclo.

Luego la abandonaba para regar su semilla en templos lejanos.

Hasta el día en que Ligeia escapó.

Huyó de la ciudad a través de la caridad ajena. La guiaba ya no el sueño de una convivencia junto al hombre que la había arrancado del terruño que la vio nacer, sino el ansia de conocer el mar. Porque verlo a través de imágenes digitales le pareció tan insulso como el lago junto a la cabaña, tampoco explicación ni concepto alguno sació su curiosidad.

Una pareja caritativa dejó a Ligeia en un lugar donde los edificios no manchaban el cielo y el pueblo más cercano quedaba a más de dos kilómetros de distancia. El aire soplaba el olor penetrante de su abuelo y del esposo infiel. Tras un muro de contención mordido por la marea alta y tempestades, proliferaba una costa de arrecife salpicada de rezagos arenosos.

Pisar la grava amarilla inyectó un nuevo sentido al universo conocido.

Caminar sobre restos de conchas, cadáveres de cangrejos, piedras resbalosas, reanimó lo que antes era un cascarón vacío.

Beber un trago del agua que rozaba sus pies calmó la sed.

Salvó los arrecifes con una agilidad desconocida. Como si en vez de criarse atada con cadenas en una cabaña junto a un lago, hubiese sido gestada en la calidez de la arena para salir a la superficie impregnada de albúminas, en una carrera por la vida.

 [ en el océano, ©2020 Jason Baltazar ] Ligeia se adentró en el océano con la elegancia de un animal marino. Con cada paso su respiración se agitaba. Estaba febril. El mar la integraba. La reclamaba como parte de su propiedad. La hija perdida en el bosque que al fin regresa a sus orígenes. Con mil manos transparentes proporcionó caricias inigualables. El fuego en su bajo vientre se avivó. Ella besó la espuma. Se embriagó. Escuchó un llamado lejano, el canto que pronunciaba su nombre, pero no quiso mirar.

Ligeia se abrió al mar y este la inundó.

Tanteó su propio cuerpo como si fuese un objeto recién descubierto. Las yemas de sus dedos, con indicios de arrugas, serpentearon bajo el vestido, se enredaron en los vellos púbicos. Frotó con movimientos ensayados su intimidad caliente e hinchada. Se adentró en sus carnes una, dos, tres, infinitas veces. Limpió el camino a la sal y al iodo. La fiebre no quedó paliada por las aguas que, como amantes veleidosas, reclamaban su ser entero.

Ligeia se sumergió. Abrió la boca. Tragó sal. No podía respirar.

El oxígeno llegó con la mordida.

Pensó, al inicio, que el mar proveía como era su deber con los fieles como ella. Mas el contacto aterciopelado, la presión de una lengua en busca de refugio dentro de su boca, hizo añicos la imagen. Abrió los ojos.

La sirena la besaba.

Sabía a sal. A iodo.

Su mirada contenía las profundidades del abismo marino. La cola de pez con escamas verdeazuladas se mecía en el flujo acuático con una cadencia hipnótica. La criatura de torso humano le arrancó la ropa de un tirón. Acarició sus senos turgentes antes de morderle los pezones, la cintura, el ombligo. Succionó el néctar divino en su pubis. Ambas se enredaron en una vorágine de placer, arrastradas por la corriente hasta la arena de la costa.

Se tendieron entre la espuma. Se amaron bajo el asombro mudo de la luna y su manto de estrellas. Ligeia gimió su agradecimiento por el regalo tanto tiempo negado. Primero, llegó en forma de puñal frío, devorador de entrañas. Atravesó el camino entre sus piernas con mayor efectividad que lenguas o dedos ásperos. Aguijoneó una y mil veces. Vertió un cúmulo de cuentas fértiles en su vientre.

Ligeia se contrajo de dolor, mas después quedó relegado al olvido. Aceptó la ofrenda de la sirena que iba y venía sobre su cuerpo como mismo las olas acariciaban la orilla. No supo cuántas veces quedó poseída por un limbo orgásmico, pero cuando ya no tuvo fuerzas para moverse o sentir, la criatura besó sus labios y se retiró con la marea.

Ligeia despertó al amanecer. No le preocupó la desnudez, ni que sus ropas yaciesen rasgadas entre los arrecifes. Al levantarse, las piernas le temblaban como si hubiesen resuelto dejar de pertenecer a la tierra firme y clamasen por la flotabilidad del océano.

Por horas, se mantuvo sentada sobre las piedras con el agua golpeándole las caderas. Deseaba que le nacieran escamas. Que en el cuello se le abriesen las branquias. Escuchar el canto que era su nombre. Oler la anunciación de sal y iodo. Distinguir el torso de mujer exuberante en la superficie, el chapoteo de una cola verdeazul.

Ligeia deseaba amar otra vez a la sirena en un lecho de algas.

Sin embargo, al caer la noche, no fue la criatura quien surgió de entre las sombras, sino un hombre de andar tosco y brillo feroz en los ojos. A ese le siguió un segundo, luego un tercero y un cuarto. Resollaban. Era fácil adivinar sus miembros erectos bajo la ropa. Olían como su esposo cuando se iba de putas, igual a su abuelo cuando regresaba de las cacerías, con el cuchillo lleno de sangre y la respiración agitada, hablando de romper ciclos.

Los extraños no se presentaron. No explicaron el motivo de concurrir en un lugar tan apartado. No mostraron asombro ante su desnudez ni alabaron su belleza mesmérica. Apelaron a los sonidos primitivos, deshumanizantes. Se arremolinaron a los pies del objeto del deseo y se abalanzaron unos sobre otros con la violencia de machos que compiten por una hembra en celo.

Ligeia se refugió en la zona alta de los arrecifes, junto al muro de contención. Por entre los muslos le corría un poco de sangre y albúminas. Desde allí, contempló la danza macabra de los hombres devenidos bestias. Se desgajaron las carnes con uñas, dientes, golpes, piedras, pedazos afilados de conchas. Con fuerza desconocida quebraron huesos, royeron cuellos, lanzaron los despojos al mar para alimentar a los peces.

El último hombre en pie emitió un rugido triunfal al alzar la cabeza desmembrada de lo que antaño fue uno de sus contendientes. La colocó a los pies de Ligeia. Se arrastró sobre las piedras, sin importarle las heridas. Besó uno a uno los dedos de la muchacha, sorbió el hilo de sangre hasta hundir el rostro en el receptáculo de la vida hecho carne.

Ella se entregó, porque el hombre olía a sirena.

Pero no existieron ritos previos. Nada de caricias, ni besos, ni acoplamientos a los caprichos de las mareas. Copularon a la sombra del muro igual a dos perros callejeros. Solo gruñidos, sin elegancia, apresurados en perpetuar la especie. El hombre, que no igualaba en vigor a las criaturas marinas, quedó exhausto en cuanto derramó la semilla líquida en el interior de Ligeia.

La abandonó, tirada entre rocas y algas. El hedor a sal y iodo comenzaba a volverse insoportable. Ligeia no tuvo fuerza para pedirle que se quedara. Estaba concentrada en mantener las piernas cerradas para que no escapase nada más.

Ligeia no se marchó de la costa solitaria. No se sentía con deseos de regresar a la ciudad de cristal, junto a su marido empeñado en romper un ciclo que era más grande y fuerte que todos los hijos del mar perdidos en la tierra. Ni el frío ni la humedad la afectaban. Bebió agua salada sin secarse por dentro ni ansiar la dulzura de los lagos. Se alimentó de cangrejos, pececillos y restos descompuestos de los hombres que la pretendieran una vez.

Con el paso de los días, algo dentro de ella creció a una velocidad que no coincidía con el periodo de gestación humano. Tan propio como ajeno. La asqueaba y lo amaba a partes iguales. El fruto de jugar a tres bandas. Abultó su vientre, expulsó a los huevos no fertilizados a través de charcos de sangre pútrida. Al resto de los hermanos, sabía, los devoró dentro del útero de igual manera que ella misma se alimentó con los restos de sus congéneres masculinos.

También, con el crecimiento, Ligeia comenzó a perderse a sí misma.

Luego de seis días y durante una noche de luna llena, Ligeia sintió la cuchillada de los dolores de parto. Se acomodó en el nicho pedregoso donde solía dormir, junto al muro, con un camino de arena hacia el agua. Abrió las piernas hacia el mar.

Gritó.

Pujó.

Las fuerzas se iban en cada intento. La criatura en su interior aleteaba con la vivacidad de los que ansían comerse al mundo. Ligeia sintió que las piernas no eran suyas. Tampoco el cuerpo, ni su mente. Era un ser pequeño, el más fuerte de la nidada, en busca de una salida del líquido rojo donde flotaban los despojos de sus hermanos. Después volvió a ser la amante de sirenas, la que se apareaba con hombres e intentaba dar a luz en una costa solitaria.

¡Gritó!

¡Pujó!

Asomó entre dos labios carnosos rodeados de una mata enmarañada de vellos. Olió la sal y el iodo. Aleteó con más fuerza. Sacó la cabeza. Los brazos. La cola verdeazul. Cayó sobre la grava amarilla, medio ciega, torpe. El aire acuchilló los espiráculos de su nariz. El cordón umbilical la unía al cuerpo viejo. La visión se le aclaró y pudo verse, inútil larva humana, agonizante, tendida sobre los arrecifes. Devoró el cordón umbilical y la conexión con su antiguo ser quedó rota.

La renacida sirena Ligeia, impregnada de albúminas, se olvidó a sí misma mientras se arrastraba por la grava amarilla en una carrera por la vida.


© 2020, Malena Salazar Maciá

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